viernes, febrero 05, 2016

Mi abuelo.

Mis abuelos paternos nacieron en un pueblo del desierto en Coahuila : Matamoros. Un lugar del que siempre me hablaron y que quedó impregnado en mi imaginación por tantas anécdotas chistosas, tremendas y a veces fantásticas que les sucedieron ahí. Conocí el lugar ya en la adolescencia, y de tanto oir hablar de él siempre me he reivindicado como norteño, al menos en parte.
Mi abuela venía de una familia notable de un rancho cercano, San Pedro de las Colonias (hija del maestro de la escuela), y mi abuelo, de una familia modesta y numerosa pero trabajadora. Fue el único de entre sus hermanos que terminó la primaria, y quiso seguir estudiando.
Tuvo que irse para siempre de su pueblo para poder hacerlo, y acabó en la Ciudad de México, en la casa del hermano de su madre, con el General del ejército regular Espiridión Rodríguez, el cual pasó de cuatrero analfabeta a General cuando la División del Norte pasó por Coahuila. Después de la Revolución fué absorbido por el ejército regular y viendo la inteligencia y tesón de su sobrino recién llegado del Lejano Oeste logró colocarlo primero en la tropa, y gracias a su buen desempeño y por méritos propios en la Escuela de Oficiales de la Fuerza Aérea.
Y es así que a los 24 años mi abuelo se encontró en el frente de guerra del Pacífico, con la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana. Este hecho NUNCA lo definió como persona aunque sí que lo definió en mi imaginación de niño. Mi abuelo era mi HEROE.
Al terminar la guerra, dejó atrás los aviones y los honores de veterano. Se olvidó del uniforme y la milicia y vivió una vida simple como ingeniero en Teléfonos de México hasta su jubilación. Nunca habló de la guerra (como me parece que hacen todos aquellos que tuvieron la desgracia de vivirla) mas que para disuadirme de involucrarme en la vida militar.
Fue un abuelo ejemplar. Nadie llenó de felicidad, imaginación y bondad (y fútbol) mi infancia como mis abuelos. Como él.
Siempre vivió en la austeridad más contundente, consecuencia sin duda de sus orígenes humildes y su instrucción militar. Siempre vivió con mucho menos de lo que necesitaba, y aunque sus hijos pudieron reprocharle su frugalidad extrema, la generosidad hacia sus nietas y hacia mí fue siempre desbordada e incondicional. Fue siempre un optimista, un observador agudo y crítico implacable de los gobiernos mexicanos que vió a través de su larga vida.
Lúcido hasta el final, la última vez que estuve con él hace una semana se despidió de mí prometiéndome que estaría de pié y con más fuerzas « para la otra que vengas ». Yo sólo pude tener sus manos entre las mías, diciéndole que así sería mientras el corazón se me salía por la garganta.
Este hombre excepcional que fué mi abuelo lo acabo de perder, y yo necesito escribir esto para intentar ahorrarme semanas y meses perdido en la nostalgia de su recuerdo y en la culpa que siento por vivir tan lejos y no poder ni siquiera acompañarlo a su tumba.
Abuelito, te amo, gracias por tu amor, tu ejemplo, tus anécdotas, tu vida, tu risa, tu voz, tu calor, tu cariño, tu presencia. Te recordaré hasta mi último respiro. Le hablaré de tí a mis hijos y a mis nietos y haré lo que siempre hiciste : ¡vivir vivir VIVIR ! Y sentir, y maravillarme de las cosas que veo y escucho, y tratar siempre de abordar el día con optimismo.
Quiero que exista otra vida sólo para volverte a ver.

8 nov. 1919 – 4 feb. 2016

1 comentario:

Jojo Lamouche dijo...

Hermosas palabras, Andrés. Te mando un consentido abrazo.